Hace unos días regresé al gimnasio después de una semana completa de descarga. No fue una descarga planeada porque estuviera lesionado, simplemente ya me tocaba, procuro tomar una semana así luego de un par de meses seguidos de entrenar. Bueno, y para acabarla de chingar, estamos en pleno Mundial. Así que durante varios días mi rutina consistió básicamente en estar sentado frente a una pantalla trabajando y luego sentado frente a otra pantalla viendo partidos. Suena bastante cómodo cuando lo platicas, pero el cuerpo tenía una opinión muy diferente.
Lo curioso es que muchas veces pensamos que el desgaste viene del gimnasio. Creemos que las sentadillas, los remos, los pesos muertos o las dominadas son lo que nos deja molidos. Yo también lo pensaba. Sin embargo, después de esta semana me quedó clarísimo que pasar demasiadas horas sentado puede ser igual o más agresivo para el cuerpo que muchos entrenamientos. No porque te lastime directamente, sino porque poco a poco te va endureciendo todo. Cuando regresé al gimnasio sentía la espalda baja rígida, los erectores tensos, la movilidad de la cadera bastante limitada y esa sensación que seguramente conocen muchos que trabajan en oficina: sentir el cuerpo cansado aun cuando no hiciste absolutamente nada físico.

También me llamó la atención que durante esta semana disminuyeron varias de las molestias que venía arrastrando desde hace tiempo. La muñeca derecha ya no me estaba dando tanta lata, el antebrazo izquierdo prácticamente dejó de quejarse y el hombro derecho, que hace algunas semanas me recordaba su existencia cada vez que levantaba el brazo, ya se sentía mucho más tranquilo. Eso me confirmó algo que muchas veces olvidamos cuando estamos motivados con el entrenamiento: el descanso sí funciona. El problema es que descansar de las pesas no significa necesariamente que el resto del cuerpo se sienta mejor cuando te pasas diez horas diarias sentado.
Por esa razón decidí que mi regreso al gimnasio no iba a ser uno de esos entrenamientos donde uno llega queriendo recuperar todo lo que no hizo durante la semana. A los 20 años probablemente hubiera intentado cargar pesado desde el primer día. A los 42 ya entendí que el cuerpo no negocia con el ego. Si la espalda está rígida, está rígida. Si un tendón viene recuperándose, no tiene sentido ponerlo a prueba solamente para demostrar que uno sigue siendo el mismo de la semana anterior.
Así que la misión fue mucho más sencilla. Caminadora tranquila para elevar temperatura corporal, ejercicios de movilidad para la espalda y la cadera, movimientos controlados y pesos moderados. Nada espectacular para Instagram. Nada que fuera a impresionar a nadie. Simplemente volver a mover el cuerpo después de una semana en la que pasé más tiempo sentado de lo que me hubiera gustado reconocer.

Y la verdad es que funcionó. Conforme avanzó la sesión empecé a sentir que la espalda se soltaba, que las articulaciones recuperaban movilidad y que el cuerpo volvía a recordar patrones de movimiento que había dejado estacionados durante esos días. No salí del gimnasio sintiéndome un power lifter ni presumiendo récords personales. Salí sintiéndome mejor de como entré, que a veces es exactamente lo que uno necesita.
Creo que esa es una lección que muchos aprendemos conforme pasan los años. El objetivo ya no siempre es entrenar más duro. Muchas veces el verdadero objetivo es seguir entrenando. Y para poder hacerlo durante años hay que aprender a identificar cuándo toca acelerar y cuándo toca simplemente aceitar la máquina para que siga funcionando.
Porque si algo me dejó esta semana de descarga es que el gimnasio no era el problema. El problema fue pasar demasiadas horas pegado a una silla. Y eso, para los que trabajamos frente a una computadora y además nos aventamos casi todos los partidos del Mundial en la misma semana, es una realidad mucho más común de lo que nos gusta admitir.
Jalados, pues…


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