Meses con la muñeca jodida… y no es solo por el gimnasio
Todo empezó en el gimnasio, como muchas cosas a esta edad. No fue un mal movimiento específico ni un día donde algo tronó. Fue más bien la suma de varias semanas cargando, empujando, jalando, sin mucha atención en detalles que antes no me importaban tanto. No usaba muñequeras, no usaba straps, y la muñeca ahí iba aguantando hasta que empezó a avisar.
El dolor empezó del lado derecho, cargado hacia la zona del meñique. Al principio era leve, algo que sentía cuando terminaba ciertos ejercicios o cuando cambiaba el agarre, pero nada que me sacara del entrenamiento. Seguí como si nada, porque la realidad es que puedes seguir. Ese es justo el problema, que no te obliga a parar, entonces lo vas arrastrando.
No era algo constante tampoco. Iba y venía. Había días donde ni me acordaba y otros donde sí decía “ahí estás otra vez”. Y como no soy ningún morro de 16 años que esté dándole más uso del necesario a la muñeca fuera de lo normal, pues en mi cabeza no había una razón clara para que estuviera molestando tanto. Era simplemente algo que estaba ahí, intermitente, sin terminar de explotar.
Pero también empecé a notar algo más amplio. No era solo la muñeca. Traía molestias en el antebrazo, un dolorcito en el cuello, otro en el hombro. Nada que me detuviera, pero sí lo suficiente para darte cuenta que el cuerpo ya venía acumulando cosas. Y siendo honesto, tampoco había hecho una descarga real en meses. De esas donde bajas intensidad, donde dejas que el cuerpo respire. Simplemente seguí yendo, seguí empujando, porque mientras puedas, sigues.
Hasta que algo empieza a estorbar más de lo normal y deja de ser algo que puedes ignorar sin consecuencias.
Había días donde terminaba de entrenar relativamente bien, incluso sintiendo que la molestia bajaba conforme avanzaba la rutina. Entre que la zona se calentaba y empezaba a circular más sangre, el dolor se volvía manejable y podía cerrar el entrenamiento sin sentir que estaba empeorando algo. Eso también te engaña, porque sientes que vas bien y que el cuerpo está respondiendo.
Pero en la noche era otra historia, y eso fue lo que me empezó a prender focos. Ya más tranquilo, sin movimiento, empezaba a doler mucho más. Y no solo en reposo, sino durante el día también, sobre todo cuando estaba trabajando. Yo trabajo desde home office, le ando jugando al emprendedor, entonces ahí empezó a aparecer otro patrón que no estaba viendo al inicio. El mouse, el celular, el teclado… movimientos pequeños, constantes, repetidos durante horas. Nada pesado, nada que en teoría te debería afectar, pero ahí era donde más se encendía el dolor.

Ahí fue donde empecé a meterle más cabeza al tema, porque ya no cuadraba pensar que todo venía del entrenamiento. Me puse a leer, a tratar de entender qué estaba pasando, y algo que me hizo mucho sentido fue la diferencia entre cómo responde el músculo y cómo responden los tendones. El músculo puede doler, sí, pero también se recupera relativamente rápido porque tiene flujo de sangre, responde, se adapta. En cambio, los tendones juegan con otras reglas, son más lentos, son puro colágeno, tienen menos irrigación, y eso hace que cualquier sobrecarga se tarde mucho más en sanar.
Entonces se empieza a armar un desfase que es bien engañoso. Tú sientes que el músculo ya está bien, que ya puedes volver a cargar, que ya puedes empujar otra vez con normalidad, pero el tendón todavía no está listo. Y mientras tú te guías por esa sensación de “ya estoy bien”, le sigues metiendo carga a algo que sigue en proceso de recuperación sin darte cuenta.
Ahí es donde se empieza a complicar todo, porque no es un dolor que te frene en seco. Es un dolor que te acompaña mientras sigues avanzando, y poco a poco lo vas empujando más allá de donde debería. Lo vas normalizando hasta que un día te das cuenta que ya no es una molestia leve, sino algo que ya te está afectando en tu día a día más de lo que pensabas.
Y en mi caso, lo más claro fue entender que no era solo el gimnasio. Era todo el día. Era la suma de cargar, más no descargar, más seguir usando la misma zona durante horas sin parar en cosas que parecen insignificantes, pero que al final del día son las que más repites.
He hecho ajustes, claro. He cambiado rutinas, he bajado cargas en ciertos movimientos, he tratado de ser más consciente con cómo agarro la barra, con cómo muevo la muñeca. Todo eso ayuda, pero también llega un punto donde te das cuenta que estás intentando resolver algo más complejo a pura prueba y error.
Y ahí es donde cambia la conversación.
Porque sí, puedes seguir moviéndote, puedes seguir entrenando, puedes seguir ajustando, pero eso no sustituye el hecho de que necesitas que alguien que sabe vea qué está pasando realmente. Alguien que no esté adivinando, que no esté suponiendo, que te diga exactamente qué tienes, qué puedes hacer y qué necesitas dejar de hacer por un tiempo.
Ese es el siguiente paso para mí.
Dejar de intentar resolverlo solo y sentarme con alguien que se dedica a esto, que entiende el cuerpo desde otro nivel y que me ayude a salir de esto de la manera correcta, no a medias y no a punta de autoaprendizaje.
Porque si no lo haces, no se queda igual, se va acumulando. Y ese tipo de problemas, cuando los dejas correr, rara vez se hacen más pequeños con el tiempo. Más bien crecen en silencio mientras tú sigues con tu rutina pensando que lo traes bajo control.
Yo sigo entrenando, no he parado, pero ya no lo estoy viendo igual. Ya entendí que no todo se resuelve con aguantar más o con ajustar sobre la marcha. Hay momentos donde lo más inteligente no es seguir empujando, sino apoyarte en alguien que sí sabe cómo regresarte a un punto donde puedas volver a cargar bien sin estar arrastrando algo detrás.

No lo tengo resuelto todavía, pero al menos ya dejé de hacer como que no pasa nada y empecé a tratarlo como lo que es. Y eso, para como venía, ya cambia completamente el panorama.
Si mientras leías esto pensaste en alguien que trae una molestia parecida, o que anda en las mismas de entrenar, trabajar y sentir que el cuerpo ya no responde igual, pásale este artículo. A veces uno no se da cuenta de lo que trae encima hasta que lo ve reflejado en alguien más.
Y esto no se queda aquí. En la segunda parte te voy a contar qué pasó cuando decidí dejar de improvisar y fui a que alguien que sí sabe me dijera exactamente qué está pasando y cómo salir de esto bien.


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