Renunciar suena muy bonito cuando la historia ya salió bien.
Ahí sí es fácil contar que uno tuvo visión de tiburón, que se atrevió, que quemó los barcos y derrumbo los puentes y que salió al mundo a construir algo mejor. Las redes sociales están llenas de historias donde alguien renuncia un lunes y para el viernes ya tiene una vida perfecta, una empresa creciendo y estabilidad mental absoluta.
Pero cuando eres una persona más corriente que común, renunciar se siente muy diferente.
Yo renuncié a un club profesional de futbol de Sonora en el último trimestre de 2025. Ahí duré varios años trabajando, entre tres y cuatro aproximadamente. Y no era cualquier trabajo. Cuando trabajas dentro de un club profesional, aunque estés en el área comercial, emocionalmente también te involucras muchísimo. Hay partidos, patrocinadores, eventos, presión, urgencias, relaciones, llamadas, estrategias, juntas y una dinámica constante que termina formando parte de tu vida.
Durante mucho tiempo me gustó mucho estar ahí.
Pero en gran parte de 2025 algo empezó a cambiar.
No porque todo estuviera mal. Esa es una parte importante de esta historia. A veces uno no renuncia porque odie su trabajo o porque exista una tragedia gigantesca. A veces simplemente empiezas a sentir que ya no encajas igual.
Yo sentía que ya no podía avanzar ahí. Sentía que por más que intentaba aportar cosas, mis aportaciones ya no terminaban de encajar con la visión de la empresa o con la dinámica de ese preciso momento. No era falta de ganas. No era flojera. No era desinterés. Era una sensación rara de seguir teniendo capacidad, pero sentirte fuera de sincronía con el entorno.
Y mientras eso pasaba en lo profesional, por fuera mi vida también traía muchísimo ruido.
Había situaciones personales, emociones, decisiones, responsabilidades y etapas que simplemente no estaba logrando acomodar bien. No necesariamente eran cosas malas. De hecho muchas eran situaciones normales de la vida. El problema era que todo estaba pasando al mismo tiempo y yo mentalmente ya me sentía muy abrumado.
Era como si intentara sostenerme de muchas cosas al mismo tiempo y ninguna terminara de darme estabilidad.
Me agarraba de algo y no alcanzaba.
Me agarraba de otra cosa y tampoco.
¿Te suena?
Y, recuerdo, en medio de todo ese caos hubo una decisión importante que tomé incluso antes de renunciar: meterme al gimnasio.
Al principio no fue por estética. Fue porque necesitaba estructura. Necesitaba algo que dependiera de mí mientras todo lo demás se sentía desacomodado. Llegar, entrenar, cansarme y repetir.
Hay una frase que dice:
“No te preocupes si tienes mil problemas, preocúpate cuando tengas un problema y ese problema sea tu salud.”
Y la entendí perfectamente.
Porque mientras tengas salud todavía puedes levantarte, pensar, negociar y volver a intentarlo.
Entonces el gimnasio empezó como mantenimiento emocional. Y honestamente hoy sigue siendo eso. Aunque también voy a ser sincero: ya entró la vanidad. Porque estoy viendo resultados y me gusta lo que veo en el espejo.
Y creo que eso también forma parte de reconstruirte.
Mientras todo esto pasaba, llegó un punto donde me senté y dije:
“A ver, ¿cómo empiezo a solucionar esto?”
Y una de las respuestas fue salir de donde había trabajado durante varios años.

No lo vi como una salida fácil. Lo vi como una manera de intentar recuperar aire. Porque yo ya no me sentía cómodo ahí como me sentía uno o dos años atrás. Además ya empezaban a asomarse algunas posibilidades fuera. Había posibilidades de colaborar en proyectos, ya fuera como empleado o como externo.
Y cuando vienes de sentirte atorado, ese tipo de oportunidades se sienten enormes.
Empiezas a pensar:
“Sí hay mercado.”
“Sí hay gente interesada.”
“Sí puedo moverme.”
“Sí puedo construir algo por fuera.”
Y sí, sí lo había.
El problema es que uno cree que las oportunidades se convierten rápido en estabilidad.
Y no siempre pasa así.
Al principio todo se sentía muy bien. Las pláticas iban bien. Los acuerdos iban caminando. Las relaciones se estaban formando. La estrategia se veía clara. Aunque todavía no hubiera contratos firmados o pagos aterrizados, yo entendía que los negocios llevan tiempo y proceso.
Entonces todo parecía ir bien.
Pero luego los tiempos empezaron a alargarse.
Y alargarse.
Y alargarse.
Empecé a ganar un poquito por acá, un poquito por allá y otro poquito de las comisiones que todavía venían del club. Técnicamente sí había movimiento, pero emocionalmente yo ya empezaba a sentir otra cosa: fragmentación.
Antes tenía una sola estructura.
Ahora empezaba a vivir de distintas entradas pequeñas.
Y ahí entendí algo muy importante:
una cosa es creerse el más visionario del planeta… y otra muy diferente es generar flujo.
Porque las cuentas no esperan procesos.
La vida no espera estrategias.
La casa no espera a que “ya casi se cierre algo”.
Y claro que eso empieza a generar tensión.
No voy a entrar en detalles personales porque también he aprendido algo importante durante este proceso: ustedes van a saber de mí lo que yo quiero que sepan de mí. Hay cosas que se comparten y hay cosas que pertenecen solamente a la vida privada de uno.
Pero sí puedo decir que cuando el dinero pierde estabilidad, el ambiente de una casa también cambia.
Después llegó otro golpe importante.
Una de las relaciones laborales más importantes que estaba construyendo era con ExpoGan Sonora. De hecho, desde mi lado, la relación ya estaba prácticamente cerrada. Había acuerdos, había estrategia, había un plan de trabajo y ya habíamos llegado incluso a un trato de manos.
Yo ya tenía armado mentalmente cómo iba a trabajar ahí.
Y una semana o semana y media después recibí un mensaje donde me dijeron que yo no iba a ser la persona con la que se iba a trabajar.
Así de rápido.
No hubo una explicación clara. No hubo mucho más que una especie de:
“Tu sabes como son las cosas en estas empresas.”
Y sí, me cayó fuertísimo.
Porque cuando ya tomaste decisiones alrededor de una posibilidad y esa posibilidad desaparece, no se siente como un simple cambio laboral. Se siente como si te abrieran el piso justo cuando estabas intentando levantarte.
Ahí sí me quedé patinando.
No lo voy a adornar.
En la cabeza se sintió.
En la casa se sintió.
En el cuerpo se sintió.
Pero bueno, el sol sale para todos y había que seguir moviéndose.
Entonces empecé a retomar cosas que había dejado pausadas mientras esperaba que ese proyecto caminara. Una de ellas fue Coliseo Promotions, una promotora de boxeo que me abrió las puertas para ayudar con patrocinios y renta de espacios para vendedores dentro de sus funciones.
Y ahí empecé otra vez.
No es algo súper frecuente porque las funciones no son todos los días, pero sí es buena paga y sigue siendo parte importante de lo que hoy estoy construyendo.
Y poco a poco empecé a entender que no necesitamos solamente “un gran proyecto”.
Necesitamos flujo.
Necesitamos entradas de dinero constantes.
Necesitamos movimiento.
Necesitamos liquidez.
Entonces empecé a pensar en algo diferente: construir un sistema de ingresos.
Porque una función de box puede dejar buen dinero, pero no sucede todas las semanas. Entonces necesitaba otra cosa que generara más rápido y más constante. Ahí fue donde empecé a desarrollar más seriamente el tema de este ecosistema digital de comunicación, si esto que estás leyendo en este momento.
Desde el momento de mi renuncia armé un newsletter porque entendí algo importante: durante más de 15 años he construido una base de datos empresarial muy sólida. Más de 1,200 contactos de gente económicamente activa, empresarios, marcas, personas de oficina, patrocinadores y relaciones comerciales que se fueron acumulando a lo largo de mi vida profesional.
Y me pregunté:
“¿Cómo puedo usar esto de manera inteligente?”
Entonces empecé a crear contenidos relacionados con mi vida, con mis experiencias y con cosas reales que me están pasando, todo siempre con un enfoque a este nicho. No para inventar personajes ni para aparentar una vida perfecta. Más bien para platicar.

Quiero que alguien esté en su oficina, abra el correo mientras toma café y diga:
“Ah mira, está curado lo que dijo este vato.”
“Oye, esto me pasó.”
“Le voy a mandar esto a un compa.”
Ese es el tono que quiero.
Una narrativa muy de compas.
Muy de peda del fin.
Muy humana.
Muy real.
No quiero inventar nada.
Y lo más interesante es que el newsletter ha funcionado bastante bien. La tasa de apertura promedio anda alrededor del 22%, que en marketing digital es un número bastante sano. Y eso me hizo entender algo importante:
La gente sí me está poniendo atención y la atención vale muchísimo.
Porque una cosa es tener likes vacíos y otra muy diferente es lograr que personas ocupadas abran un correo y te lean.
En medio de todo este proceso también entendí algo importante: cuando uno entra en crisis empieza a aferrarse a muchas cosas, pero rara vez se acuerda de aferrarse a aquello para lo que realmente es bueno.
Y ahí fue donde me cayó el veinte.
Yo soy bueno para comunicar ciertas cosas, sí.
Pero donde soy realmente bueno es estableciendo relaciones con personas, pero sobre todo… con marcas.
Eso sé hacer.
Sé conectar empresas.
Sé abrir conversaciones.
Sé encontrar oportunidades comerciales.
Sé detectar dónde puede existir valor para una marca.
Sé mover relaciones.
Y de ahí me estoy agarrando.
Porque honestamente creo que eso es lo que eventualmente me va a sacar del hoyo.
Y lo digo así porque tampoco quiero vender la idea de que “ya la armé”. No. Sigo en proceso. Sigo reconstruyéndome. Sigo intentando acomodar piezas. Pero ya entendí por dónde está el camino para mí.
También han aparecido personas.
Una de ellas no la veía desde hace más de 20 años y se comunicó conmigo para invitarme a colaborar más adelante en una empresa internacional. Y otra vez, no bajo un esquema tradicional de empleo fijo, sino más relacionado con comisiones, relaciones y negocio.
Y sinceramente creo que ahí es donde debo estar.
En las ventas.
En las relaciones.
En los acuerdos.
En distintos proyectos conectados entre sí.
Porque sí, quizá desde afuera alguien podría decir:
“Este vato hace de todo.”
Pero yo no lo veo así.
El hilo conductor está clarísimo:
marcas,
ventas,
contenido,
relaciones comerciales,
patrocinios,
comunicación y negocio.
Todo eso puede convivir bajo un mismo ecosistema si sabes ordenarlo.
Y también quiero dejar algo bien claro, porque no todo este proceso ha sido drama gacho.
De hecho, en los últimos meses he conocido muchísimas personas con una calidad moral que se lucen. Personas que me han abierto puertas, que me han escuchado, que me han dado oportunidades, que me han dado consejos y que en momentos donde mentalmente uno anda medio perdido, eso vale muchísimo.
Y se los agradezco de verdad.
Estoy seguro que algunos van a leer este artículo. Otros quizá no porque ni siquiera los tengo en esta base de datos, pero con gusto se los voy a hacer llegar porque también forman parte de esta etapa.
A veces uno piensa que los cambios fuertes solamente sirven sacudirnos cosas, pero también sirven para conocer gente distinta. Gente más alineada contigo. Gente con otra energía. Gente que aparece justamente cuando más necesitas empezar a reconstruirte.
Hoy sigo trabajando en esto.
Sigo armando el sistema.
Sigo buscando flujo.
Sigo construyendo relaciones.
Sigo desarrollando el blog.
Sigo intentando ordenar mi vida desde otro lugar.
Y también sé que necesito ayuda.
Ayuda de gente que sabe más que yo. Profesionales. Personas preparadas en diferentes temas que puedan ayudarme a salir más rápido de ciertas situaciones y a tomar mejores decisiones.
Porque nadie sale solo de ciertos hoyos.
Y mientras voy pasando por todo esto, decidí compartir una parte del proceso.
No para hacerme el interesante.
No para vender humo.
No para aparentar perfección.
Más bien porque sé que allá afuera hay muchísima gente pasando por algo parecido y no lo dice.
Gente cansada.
Gente que ya no encaja donde está.
Gente que quiere moverse pero le da miedo.
Gente que trae presión económica.
Gente que necesita volver a encontrarse.
Y si algo de lo que escribo les hace clic, qué chingón.
Tal vez alguien lea esto y diga:
“¿Sabes qué? Creo que necesito empezar a…”
O quizá se lo manden a un compa.
O quizá una esposa diga:
“Creo que deberíamos sentarnos a hablar de esto.”
Con eso me doy por bien servido.
Porque al final esta etapa no se trata solamente de renunciar.
Se trata de entender los daños colaterales que vienen después.
Se trata de aceptar que no siempre hay un plan tan sólido como uno cree.
Se trata de entender que la vida a veces te obliga a reconstruirte mientras sigues caminando.
Y aquí sigo.
Gracias por leerme.
Jalados, pues…


Dejar un comentario