• Diez días de Mundial y mi cuerpo empezó a protestar

    Hace unos días regresé al gimnasio después de una semana completa de descarga. No fue una descarga planeada porque estuviera lesionado, simplemente ya me tocaba, procuro tomar una semana así luego de un par de meses seguidos de entrenar. Bueno, y para acabarla de chingar, estamos en pleno Mundial. Así que durante varios días mi rutina consistió básicamente en estar sentado frente a una pantalla trabajando y luego sentado frente a otra pantalla viendo partidos. Suena bastante cómodo cuando lo platicas, pero el cuerpo tenía una opinión muy diferente.

    Lo curioso es que muchas veces pensamos que el desgaste viene del gimnasio. Creemos que las sentadillas, los remos, los pesos muertos o las dominadas son lo que nos deja molidos. Yo también lo pensaba. Sin embargo, después de esta semana me quedó clarísimo que pasar demasiadas horas sentado puede ser igual o más agresivo para el cuerpo que muchos entrenamientos. No porque te lastime directamente, sino porque poco a poco te va endureciendo todo. Cuando regresé al gimnasio sentía la espalda baja rígida, los erectores tensos, la movilidad de la cadera bastante limitada y esa sensación que seguramente conocen muchos que trabajan en oficina: sentir el cuerpo cansado aun cuando no hiciste absolutamente nada físico.

    También me llamó la atención que durante esta semana disminuyeron varias de las molestias que venía arrastrando desde hace tiempo. La muñeca derecha ya no me estaba dando tanta lata, el antebrazo izquierdo prácticamente dejó de quejarse y el hombro derecho, que hace algunas semanas me recordaba su existencia cada vez que levantaba el brazo, ya se sentía mucho más tranquilo. Eso me confirmó algo que muchas veces olvidamos cuando estamos motivados con el entrenamiento: el descanso sí funciona. El problema es que descansar de las pesas no significa necesariamente que el resto del cuerpo se sienta mejor cuando te pasas diez horas diarias sentado.

    Por esa razón decidí que mi regreso al gimnasio no iba a ser uno de esos entrenamientos donde uno llega queriendo recuperar todo lo que no hizo durante la semana. A los 20 años probablemente hubiera intentado cargar pesado desde el primer día. A los 42 ya entendí que el cuerpo no negocia con el ego. Si la espalda está rígida, está rígida. Si un tendón viene recuperándose, no tiene sentido ponerlo a prueba solamente para demostrar que uno sigue siendo el mismo de la semana anterior.

    Así que la misión fue mucho más sencilla. Caminadora tranquila para elevar temperatura corporal, ejercicios de movilidad para la espalda y la cadera, movimientos controlados y pesos moderados. Nada espectacular para Instagram. Nada que fuera a impresionar a nadie. Simplemente volver a mover el cuerpo después de una semana en la que pasé más tiempo sentado de lo que me hubiera gustado reconocer.

    Y la verdad es que funcionó. Conforme avanzó la sesión empecé a sentir que la espalda se soltaba, que las articulaciones recuperaban movilidad y que el cuerpo volvía a recordar patrones de movimiento que había dejado estacionados durante esos días. No salí del gimnasio sintiéndome un power lifter ni presumiendo récords personales. Salí sintiéndome mejor de como entré, que a veces es exactamente lo que uno necesita.

    Creo que esa es una lección que muchos aprendemos conforme pasan los años. El objetivo ya no siempre es entrenar más duro. Muchas veces el verdadero objetivo es seguir entrenando. Y para poder hacerlo durante años hay que aprender a identificar cuándo toca acelerar y cuándo toca simplemente aceitar la máquina para que siga funcionando.

    Porque si algo me dejó esta semana de descarga es que el gimnasio no era el problema. El problema fue pasar demasiadas horas pegado a una silla. Y eso, para los que trabajamos frente a una computadora y además nos aventamos casi todos los partidos del Mundial en la misma semana, es una realidad mucho más común de lo que nos gusta admitir.

    Jalados, pues…

  • La moda termina donde empiezan los 45 grados

    Hay discusiones que solamente tienen sentido en Hermosillo.

    Una de ellas es la moda, pero siendo más puntual, en la eterna alegata sobre las famosas camisas tipo Maja, Columbia, Magellan y todas las variantes que han aparecido alrededor de ellas. Basta que alguien publique una foto usando una para que inmediatamente aparezcan dos bandos perfectamente definidos. De un lado están quienes las defienden como si fueran patrimonio cultural del sonorense que se respeta. Del otro están quienes las consideran el uniforme oficial del vato que ya se rindió ante la moda y solo se sube al mame.

    Y la neta, entiendo un poco a ambos.

    Porque si me preguntan exclusivamente por estética, nunca han sido mis prendas favoritas. No es la camisa que veo y pienso: “qué chingona se ve”. Tampoco es la primera imagen que me viene a la cabeza cuando pienso en moda de hombres. Sin embargo, también me ha tocado usarlas y ahí fue donde entendí por qué generan tanto debate. Como muchas cosas en Hermosillo, estas camisas solamente se entienden cuando las pruebas en las condiciones para las que fueron diseñadas.

    La realidad es que vivimos en una ciudad donde el calor condiciona prácticamente todo. Condiciona los horarios en los que haces ejercicio, la hora en la que sacas a pasear a los perros, la cantidad de agua que consumes y también la ropa que utilizas. Muchas tendencias de moda masculina que vemos en redes sociales vienen de lugares donde existen estaciones del año claramente definidas. Te hablan de sobrecamisas, de chamarras ligeras, de capas, de mezclilla gruesa y de prendas pensadas para temperaturas bastante sabrosas. Todo se ve espectacular en las fotografías. El problema es que muchas de esas recomendaciones parecen hechas por personas que jamás han intentado caminar un estacionamiento de cualquier Walmart en Hermosillo a las cuatro de la tarde durante junio.

    Aquí la conversación suele ser distinta. Antes de preguntarnos si algo está de moda, normalmente nos preguntamos si vamos a sobrevivir el trayecto del carro a la oficina sin llegar empapados en sudor. Por eso las prendas técnicas han encontrado un espacio tan importante en ciudades como la nuestra. No necesariamente porque sean las más bonitas, sino porque cumplen una función muy específica que para nosotros tiene muchísimo valor.

    De hecho, durante años pensé que todas esas camisas eran prácticamente iguales. Al final del día, desde lejos parecen variaciones de la misma fórmula: manga larga, bolsas al frente, ventilaciones y telas ligeras. Luego me tocó usar tanto las originales como las versiones económicas que muchas empresas compran para bordarles un logotipo corporativo y descubrí que no tienen absolutamente nada que ver unas con otras. Las versiones económicas cumplen con verse parecidas. Las originales cumplen con mantenerte fresco. Y la diferencia se nota más rápido de lo que uno imagina.

    Hay detalles que parecen insignificantes cuando estás en una tienda con aire acondicionado. La calidad de la tela, la forma en que circula el aire, la capacidad para expulsar la humedad o la ligereza de los materiales no llaman demasiado la atención cuando estás viendo la prenda en un gancho. Pero cuando llevas varias horas bajo el sol de Sonora, esos detalles dejan de ser detalles y se convierten en la razón por la que una camisa termina guardada en el clóset o convertida en tu favorita para ciertas ocasiones.

    Y justamente ahí es donde la historia se vuelve interesante. Porque mientras medio internet debatía si estas camisas eran elegantes o no, una marca mexicana estaba a punto de recibir una de las campañas de publicidad más valiosas de su historia sin gastar un solo peso en ella.

    La vez que Usain Bolt puso los ojos sobre una marca mexicana

    Si alguien hubiera presentado esta historia en una junta de marketing, probablemente muchos habrían pensado que era demasiado buena para ser verdad.

    Usain Bolt, considerado por muchos el atleta más poderoso de todos los tiempos, apareció durante unas vacaciones en Los Cabos utilizando una camisa Maja. No fue una campaña internacional. No hubo un contrato multimillonario. No se trató de una colaboración planeada durante meses. Simplemente apareció usando una prenda que le resultó útil en un destino turístico famoso precisamente por el calor, el sol y la pesca deportiva.

    Las fotografías comenzaron a circular y lo que vino después fue exactamente lo que ocurre cuando internet encuentra algo inesperado. Comentarios, memes, publicaciones, orgullo regional y miles de personas sorprendidas al descubrir que una marca que muchos asociaban con pescadores, vaqueros o con loquitos que viven en el desierto aparecía de utilizada por una figura reconocida a nivel mundial.

    Lo más interesante es que la viralidad no llegó porque Maja intentara parecer una marca internacional. Llegó porque hizo muy bien aquello para lo que fue creada. Mientras muchas empresas persiguen tendencias, copian campañas extranjeras o intentan parecer algo que no son, Maja construyó una reputación entendiendo perfectamente a su cliente. Entendió el calor. Entendió el sol. Entendió las necesidades de las personas que pasan horas al aire libre. Entendió que para mucha gente una camisa no es únicamente una cuestión estética, sino una herramienta para trabajar, viajar o simplemente soportar mejor ciertas condiciones climáticas.

    Y creo que ahí existe una lección interesante que va mucho más allá de la ropa. Vivimos en una época donde parece que todo tiene que verse espectacular para ser exitoso. Las redes sociales nos han acostumbrado a perseguir tendencias constantemente. El corte italiano de la barba. Los tenis On Cloud. La rutina del momento. La dieta del momento. La marca del momento. Sin embargo, muchas veces las cosas que realmente permanecen son aquellas que resuelven un problema concreto mejor que las demás.

    Tal vez por eso esta historia me parece tan interesante. Porque en el fondo no habla únicamente de una camisa. Habla de identidad. Habla de adaptación. Habla de entender a quién sirves y qué necesidad estás resolviendo. Habla de cómo una marca mexicana logró volverse viral sin siquiera pensarlo.

    Y también habla un poco de nosotros.

    Porque conforme pasan los años, muchos hombres dejamos de perseguir ciertas tendencias para empezar a valorar otras cosas. La comodidad. La funcionalidad. La calidad. La confianza de usar algo porque nos sirve, no porque alguien más nos dijo que estaba de moda. Tal vez las camisas tipo Maja nunca aparezcan en una pasarela de Milán ni se conviertan en referencia de alta costura. Probablemente tampoco sean la primera opción para una boda elegante o una cena de gala. Pero después de vivir varios veranos en Hermosillo, de probar versiones originales y genéricas, y de entender para qué fueron creadas, puedo decir algo con bastante seguridad.

    Puede que no sean las camisas más bonitas del mundo.

    Pero vaya que entienden perfectamente el lugar donde viven sus clientes.

    Jalados, pues…

  • Mandé los “crunches” al carajo

    Entrenar abdominales me aburre más que una junta que pudo ser correo

    El otro día estaba pensando que hay músculos que me gusta entrenar y otros que entreno porque sé que me convienen, luego, allá muy lejos están los abdominales, que los entreno única y exclusivamente para no sentir culpa.

    La verdad me aburren un chingo.

    No me da flojera ir al gym. No me da flojera entrenar pesado. Si tu me dices que haga sentadillas, peso muerto, dominadas, remo, cualquier otro ejercicio, ahí te voy como burra al trigo.

    Pero cuando llega la hora de tirarme al piso en un tapete para empezar a contar crunches, elevaciones y todas esas vainas que se inventan los coaches para hacerlas “entretenidas”… me pierden.

    Y mientras más pasan los años, más me pregunto si realmente necesito estar haciendo eso porque además ya sabemos cómo está el asunto. El six-pack no va a aparecer porque hice cien o mil abdominales.

    La realidad es que se cocinan en la cocina. Ahí empieza y ahí termina buena parte de la batalla.

    Con todo lo anterior me puse a pensar… si el abdomen sirve para sostener el cuerpo, para estabilizar la columna, para transferir fuerza cuando cargas algo pesado y para -precisamente- evitar que te dobles como regla de primaria… ¿por qué lo sigo entrenando como si estuviera en una clase de educación física?

    Y fue cuando me acordé de las kettlebells. Esas pesas rusas que a todos nos caen bien. Una bola con un agarradera, qué puede malir sal. No son nada sofisticado, son simples pero una vez las usas te quedas GUOU! Te das cuenta de que todo el cuerpo entra a trabajar aunque no lo hayas invitado.

    Hombros, espalda, piernas, nalgas, pero sobre todo el core. Si el abdomen no hace su chamba, la pesa te pone en evidencia en cuestión de segundos.

    Así que decidí hacer el siguiente reto experimento.

    Durante las próximas semanas voy a dejar a un lado los abdominales tradicionales y voy a probar una rutina basada en ejercicios funcionales con kettlebells.

    • Turkish Get-Ups
    • Suitcase Carries
    • Wood Chops
    • Swings
    • Por mencionar algunos

    Nombres raros pero básicamente todos consisten en cargar cosas, moverlas de aquí a allá y evitar que tu cuerpo se desplome en el intento.

    No tengo idea de si terminaré enamorado de esta rutina ni si dentro de un mes voy a regresar arrastrándome a hacer lo de antes. Lo que sí sé es una cosa, si existe una forma de entrenar el abdomen sin la urgencia de querer ver el reloj cada diez segundos, vale la pena probar.

    Ya les iré contando cómo sale el experimento. Y les recuerdo, en mi perfil de Instagram estará todo documentado.

    La neta a estas alturas de la vida, encontrar una forma menos aburrida de hacer algo ya es ganancia.

    Jalados, pues…

  • Mundial 2026: El negocio que se juega fuera de la cancha

    El siguiente texto va más allá del desmadre que trae FIFA y de las condiciones socio-económicas que se viven dentro de cada país sede. Les juro que tengo miedo que me vaya a llegar una factura por el uso de algunas palabras aquí mismo.

    Si me hubieran preguntado hace veinte años qué era lo que más me emocionaba de un Mundial de futbol, seguramente habría contestado lo mismo que cualquier otro aficionado: ver los partidos del Tri, la fiesta que se arma, y ver a los mejores del planeta haciendo lo que mejor saben, jugar futbol. Y claro que eso sigue siendo parte de la magia. Todavía me gusta sentarme frente a la tele a ver los partidos, gritarle al medio que el falso 9 está solo y convencerme de que yo habría hecho mejores ajustes que el ‘Vasco’. Pero conforme pasan los años metido en el tema del marketing y el sponsorship, uno se empieza a fijar en cosas que antes simplemente ni por aquí.

    Desde anunciaron que México, Estados Unidos y Canadá organizarían el Mundial de 2026, en lugar de pensar en si el Tri sería campeón, pensé en todo lo que tiene trabajarse para que un evento de esas proporciones ande al cien. Porque cuando uno trabaja alrededor de temas comerciales, patrocinios, activaciones y eventos, desarrolla una especie de deformación profesional. Donde la mayoría ve un estadio lleno, uno ve cientos de contratos. Donde alguien ve una lona publicitaria, uno se imagina la negociación. Donde otros ven una transmisión, uno ve marcas arrebatándose unos cuantos segundos de atención del consumidor.

    Y es que el Mundial es una de esas ocasiones donde el deporte deja de ser únicamente deporte para convertirse en una plataforma económica colosal. Pensemos un momento en lo que significa recibir a millones de visitantes durante varias semanas. No estamos hablando solamente de aficionados comprando boletos para entrar a un estadio. Estamos hablando de vuelos, hoteles, restaurantes, apps de movilidad, tours, bares, centros comerciales, tiendas de recuerdos, experiencias VIP y una cantidad difícil de imaginar de servicios que se activan alrededor del evento. El balón rueda durante noventa minutos, pero el negocio empezó mucho antes del silbatazo inicial del México vs Sudafríca y continúa mucho después de que levanten la copa.

    Hay un dato que me parece particularmente interesante. Este será el primer Mundial con 48 selecciones participantes. Mucha gente lo analiza desde una perspectiva deportiva y se pregunta si el nivel competitivo se mantendrá o si habrá demasiados partidos. La FIFA seguramente también analiza esas variables, pero estoy convencido de que alguien en una sala de juntas hizo una lectura muy diferente. Más selecciones significan más aficionados viajando. Más aficionados significan más consumo. Más consumo significa más oportunidades comerciales. En pocas palabras, el producto se hizo más grande sin necesidad de inventar un deporte nuevo.

    Y luego está Estados Unidos. Aunque en México solemos enfocarnos en las sedes nacionales y en la emoción de volver a recibir un Mundial, la realidad es que el mercado estadounidense es probablemente la razón por la que este torneo tiene el potencial de romper todos los récords financieros existentes. Los gringos han perfeccionado el arte de monetizar el entretenimiento. Lo hacen con sus ligas deportivas profesionales o no, con los conciertos, con los parques temáticos y prácticamente con cualquier experiencia capaz de reunir más personas que un atropellado. No es casualidad que las marcas más grandes del mundo quieran estar presentes. Saben que la atención de millones de consumidores estará concentrada en un mismo lugar y durante varias semanas.

    Sin embargo, lo que más me llama la atención es cómo ha cambiado la manera en que las empresas participan en eventos de esta magnitud. Hace algunos años el objetivo principal era aparecer. Tener el logotipo en una lona, en un espectacular o en una transmisión era suficiente para justificar una inversión. Hoy la conversación es completamente distinta. Las marcas quieren experiencias, contenido, interacción, bases de datos, hospitalidad y relaciones comerciales. Quieren que las personas recuerden algo más que un logotipo. Quieren formar parte de una historia que después pueda compartirse en Instagram, TikTok o cualquier plataforma que domine la conversación en ese momento.

    Quizá por eso el Mundial me resulta tan interesante desde el punto de vista profesional de marketing. Porque en realidad funciona como una versión gigantesca de algo que también deberíamos estar viendo a escala local, SIEMPRE. El principio es exactamente el mismo. La gente rara vez compra un boleto por el simple hecho de comprarlo. Lo que compra es la posibilidad de vivir algo. Compra una noche diferente. Compra una emoción. Compra una experiencia que después contará en una reunión, en una comida familiar o en una publicación en sus redes sociales. Cuando un evento logra generar eso, las marcas aparecen. Y cuando las marcas aparecen, el ecosistema económico empieza a crecer alrededor de la experiencia.

    Por eso, cuando mañana que llegue el Mundial de 2026, claro que estaré viendo a mi Tri, siempre en el barco. Pero una parte de mí también estará observando todo lo demás. Estaré viendo cómo activan los patrocinadores, cómo las ciudades reciben visitantes, cómo las empresas intentan diferenciarse y cómo millones de personas se convierten, sin darse cuenta, en parte de una enorme maquinaria de marketing. Porque detrás de cada gol habrá una historia deportiva, pero detrás de cada historia deportiva habrá cientos de personas haciendo negocios.

    mercedes benz fifa

    El único logo que logró vencer a la FIFA

    Hay una curiosidad que resume perfectamente el tamaño del negocio detrás del Mundial 2026.

    Como parte de sus reglas comerciales, la FIFA obliga a que todos los estadios se conviertan en lo que llaman clean sites. En español simple: durante el torneo prácticamente desaparecen los nombres comerciales, anuncios y patrocinios que no pertenecen a los socios oficiales de la FIFA. Por eso veremos que estadios como Banorte, BBVA, AT&T Stadium, SoFi Stadium, MetLife Stadium o NRG Stadium utilizarán nombres genéricos (en el caso de FIFA siempre serán los nombres de las ciudades) durante la competencia y ocultarán gran parte de su publicidad habitual.

    Sin embargo, existe una excepción que ha llamado la atención de la industria deportiva y del marketing. El gigantesco logo de Mercedes-Benz que se encuentra sobre el techo retráctil del estadio de Atlanta seguirá siendo visible durante el Mundial. No porque Mercedes-Benz haya encontrado un vacío legal ni porque haya comprado un permiso especial, sino porque el propio diseño arquitectónico del inmueble convirtió el problema en algo extremadamente complejo.

    Después de más de un año de negociaciones, FIFA concluyó que cubrir o desmontar la enorme estrella de Mercedes-Benz podía representar riesgos estructurales y costos millonarios. El logo forma parte de los enormes paneles móviles del techo, una de las características más distintivas del estadio. Intentar ocultarlo implicaba intervenir una estructura demasiado delicada y compleja para algo que duraría apenas unas semanas.

    Lo interesante no es solamente la anécdota. Lo interesante es que demuestra hasta dónde llega la protección comercial de la FIFA (repito, más allá de todo el desmadre que se trae para esta edición). Estamos hablando de una organización que obliga a cambiar nombres de estadios, retirar señalización, cubrir logotipos e incluso modificar elementos visibles desde transmisiones aéreas para proteger a sus patrocinadores oficiales. Que haya hecho una excepción confirma que el problema no era contractual, sino físico.

    Y si uno lo piensa bien, resulta hasta simbólico: en el evento deportivo más importante del planeta, el único patrocinador que permanecerá visible no ganó una negociación de marketing. Ganó una batalla de ingeniería.


    Jalados, pues…

  • El rugido que se escuchó en la Arena Sonora

    El sábado me tocó trabajar en Cuentas Pendientes desde varios frentes al mismo tiempo.

    Por un lado, estuve apoyando en la coordinación de proveedores de alimentos y bebidas. Por otro, me tocó atender a algunas de las marcas patrocinadoras del evento, una labor que siempre requiere estar atento a cualquier necesidad, solicitud o detalle que pueda surgir durante la función.

    Eso significó que pasé gran parte de la noche entrando y saliendo de la Arena Sonora.

    A veces estaba en los pasillos.

    A veces en el área comercial.

    A veces con proveedores.

    Y cuando podía, me escapaba algunos minutos para ver parte de las peleas.

    Esa dinámica me permitió vivir el evento desde una perspectiva diferente.

    No estaba sentado viendo una cartelera completa. Estaba observando cómo funcionaba todo el ecosistema que existe alrededor de una función de box.

    Y hubo algo que me llamó mucho la atención.

    El ruido.

    Durante varios momentos de la noche la Arena Sonora rugió.

    No hablo de aplausos normales. Hablo de esos gritos colectivos que nacen cuando miles de personas reaccionan al mismo tiempo. Un golpe que conecta. Una combinación que prende al público. Un momento que hace que toda una arena se levante de su asiento.

    El sonido se escuchaba incluso desde las zonas donde estábamos trabajando.

    Atravesaba pasillos, accesos y áreas de servicio.

    Cada vez que ocurría, quienes estábamos afuera sabíamos que algo importante acababa de pasar arriba del ring.

    Y fue ahí donde pensé algo que tenía tiempo sin pensar.

    Hace mucho que no escuchaba a la Arena Sonora reaccionar de esa manera.

    No era solamente una función de box.

    Era una experiencia conectando con la gente.

    La pelea estelar entre Jandell Caballero y Mavie Rodríguez terminó de confirmar esa sensación. Al concluir la función comenzó la salida natural de los asistentes. Lo que observé no fueron personas apresuradas por llegar a casa.

    Vi grupos platicando.

    Vi gente comentando los momentos de la noche.

    Vi amigos repasando las peleas mientras se tomaban una cerveza afuera.

    Vi satisfacción.

    Y mientras observaba todo eso, también pensaba en algo relacionado con mi trabajo.

    Durante años me ha tocado participar en la comercialización y activación de patrocinios deportivos. He visto cientos de presentaciones comerciales, propuestas, métricas, alcances digitales y argumentos de venta.

    Todo eso es importante.

    Pero pocas cosas generan más confianza para una marca que ver una arena llena con sus propios ojos.

    Porque una cosa es leer un número en una presentación.

    Y otra muy distinta es sentir la energía de miles de personas reunidas alrededor de una experiencia.

    Estoy convencido de que el lunes por la mañana hubo empresas que vieron fotografías, videos y comentarios del evento y sintieron una sensación bastante conocida en el mundo del marketing.

    FOMO.

    Ese pensamiento que aparece cuando una marca observa una plataforma creciendo y se pregunta:

    “¿Y nosotros por qué no estábamos ahí?”

    Y es completamente normal.

    Las primeras marcas suelen apostar cuando todavía existe incertidumbre.

    Las siguientes observan.

    Las demás llegan cuando ya no quieren quedarse fuera de la conversación.

    Por eso creo que Cuentas Pendientes 2 deja una enseñanza interesante más allá de los resultados deportivos.

    Demuestra que en Hermosillo existen comunidades dispuestas a reunirse alrededor de experiencias bien ejecutadas.

    Demuestra que todavía hay espacio para nuevas plataformas de entretenimiento.

    Y también demuestra algo que a veces pasamos por alto: detrás de una gran noche suele existir una enorme cantidad de trabajo invisible.

    Sería injusto cerrar esta reflexión sin reconocer el trabajo realizado por Coliseo Promotions y todo el equipo involucrado en la producción de Cuentas Pendientes.

    Porque llenar una arena es difícil.

    Pero lograr que la gente salga contenta es todavía más complicado.

    La logística, la producción, la operación, la atención a patrocinadores, la experiencia de los asistentes y cada uno de los detalles que el público muchas veces no alcanza a ver fueron construyendo una noche que terminó conectando con miles de personas.

    Los asistentes vieron las peleas.

    Quienes hemos trabajado en eventos también alcanzamos a ver el trabajo que hubo detrás de ellas.

    Y cuando ambas cosas se alinean, suelen ocurrir noches como la del sábado.

    Jalados, pues…

  • Semanas de Cambio: Del Trabajo a la Pasión

    Antes de empezar, les cuento rápido de qué va esta sección.

    Aquí se rompió una jerga…’ es el espacio donde cada viernes me siento a platicar cómo estuvo la semana. No es un resumen de actividades ni una lista de logros. Tampoco es un diario personal. Es más bien una conversación de compas sobre las cosas que me llamaron la atención, las que me hicieron pensar, las que salieron bien y las que me recordaron que la vida siempre encuentra la forma de mantenernos humildes.

    Así que ponte cómodo. Agarra un café (yo sé, ojalá fuera una cheve), guarda tus cosas y disfrutemos de este viernes de reforma al Artículo 123 Constitucional en el año 2027. Mis condolencias para todos aquellos que regresan a la oficina los sábados a hacer como que hacen.

    Platiquemos sin filtros, sin poses y sin andar fingiendo que tenemos todas las respuestas.


    Bueno, pues se acabó otra semana.

    Y la verdad, estuvo buena.

    No porque me haya sacado la lotería ni porque me haya vuelto millonario de repente. Estuvo buena porque por fin sentí que varias cosas que llevo meses empujando empezaron a dar señales de vida.

    Esta semana me cayeron algunas comisiones de patrocinadores y de espacios comerciales para la función de box de este sábado.

    Y no les miento, cuando escuchaba llegar las transferencias a mi cel sí me quedé unos minutos pensando.

    Más que por el dinero, por lo que representa, porque precisamente por este tipo de cosas fue que decidí salirme de mi trabajo anterior.

    Muchos piensan que cuando uno renuncia a un sueldo fijo es porque ya tiene todo resuelto. Nada más alejado de la realidad.

    Hay semanas donde te sientes un genio y hay semanas donde te preguntas si de verdad sabes lo que estás haciendo. Pero esta semana me recordó por qué tomé esa decisión.

    En cuestión de días cayó prácticamente el dobbb… hey, hey hey… ustedes van a saber de mi lo que yo quiera que sepan de mi.

    ¿Ya resolví mi vida? Ni de chiste.

    ¿Ya puedo bajar la guardia? Tampoco.

    Pero sí fue una pequeña bocanada de realidad que me recordó que el camino que elegí tiene sentido.

    Pero verán que loco, y unos no me dejarán mentir, la vida tiene un sentido del humor muy especial. Porque apenas cae dinero y luego luego aparece algo en qué gastarlo. Eso si, me di un lujo con unos tenis que estaré pagando a 767253421 meses con Aplazo.

    En mi caso fue la Coyota, que anda con sus achaques. Tiene alrededor de diez años y aunque sigue echándole ganas, ya no trae la misma actitud de antes.

    Veterinario.

    Medicamentos.

    Cambios de rutina.

    Andar pendiente de cómo amaneció.

    A qué hora quiere salir.

    A qué hora quiere comer.

    Y pues ni pedo.

    También decidí darle una pausa al gimnasio y eso sí me cuesta trabajo admitirlo.

    La muñeca volvió a ponerse latosa. El hombro derecho también decidió reportarse esta semana y la verdad prefiero parar tres días que parar tres meses.

    Bueno, este fin de semana no hay gimnasio, pero tampoco crean que voy a andar acostado viendo series.

    Les cuento, ayer tuvimos la rueda de prensa de la función “Cuentas Pendientes”, hoy es el pesaje en Plaza Hidalgo y mañana es la función en Arena Sonora, una cartelera que arranca a las 2 de la tarde y termina ya bien entrada la noche.

    Va a ser de esos fines de semana donde uno llega a la casa y se deja caer en cualquier sillón porque ya de gasolina no te queda nada, andas con el puro aroma. Precisamente por eso también decidí escuchar al cuerpo tantito. Entre la chamba, la muñeca, el hombro y la Coyota, ya traigo suficientes pendientes por seguir tratando de resolver.

    Por cierto.

    Si les gusta el box, dense una vuelta.

    De verdad.

    Jandell Caballero y Mavie Rodríguez traen una historia corta, pero vaya historia.

    De esas peleas donde sabes que en cuanto suena la campana alguien va a querer cobrar facturas y para prueba este reel:

    Y eso normalmente significa espectáculo.

    Así que si andan buscando plan para este sábado, allá nos vemos.

    Yo cierro la semana agradecido.

    Porque la Coyota sigue aquí.

    Porque el trabajo sigue caminando.

    Porque el cuerpo todavía me avisa cuando necesita bajar revoluciones.

    Y porque después de varios meses de estar sembrando, siento que por fin algunas cosas empiezan a moverse.

    Nos leemos la próxima semana.

  • Miércoles de 2×1. Algo sobre Carín León y algo sobre tus patrocinios

    Lo que Carín León ha logrado para Sonora más allá de su música y la importancia de que tus patrocinios sean algo más que poner tu marca en una lona


    El fenómeno Carín León como plataforma

    Hace unos días, entre todo el ruido que hubo por la Expogán, las Fiestas del Pitic, La Cura Fest y ahora todo lo que se viene con Noche Suprema, me quedé pensando en algo que hacemos mucho los sonorenses.

    Nos encanta criticarnos entre nosotros.

    Y no lo digo en mal plan. Lo digo porque así somos. Nos gusta la carrilla. Nos gusta opinar. Nos gusta encontrar diferencias. Que si los de Hermosillo son de una forma. Que si los de Obregón son de otra. Que si los de Guaymas. Que si los de Nogales. Que si los del norte. Que si los del sur. Pareciera que traemos un talento natural para encontrar cualquier motivo que nos permita andar jodiendo al prójimo.

    Y mientras pensaba en eso, se me vino algo a la mente.

    A veces estamos tan ocupados viendo nuestras diferencias que dejamos pasar cosas que deberían ponernos de acuerdo. No porque tengamos que pensar igual, ni porque tengamos que convertirnos en club de fans de nadie. Simplemente porque hay acontecimientos que son más grandes que nuestros gustos personales.

    Y ahí fue donde apareció el nombre de Carín León.

    Porque si te soy sincero, este artículo no trata de música. Si hablamos de música no terminamos nunca. Siempre habrá quien diga que le encanta y siempre habrá quien diga que le caga. Eso pasa con cualquier artista que llega a cierto nivel. Lo que me interesa no es la música. Lo que me interesa es observar lo que el mismo ha creado alrededor de él y lo que eso puede significar para Sonora.

    Porque hace algunos años, hablar de Carín León era hablar de canciones, conciertos y poco más. Hoy ya no. Hoy empiezas a seguirle la pista y te encuentras con un montón de cosas que, vistas por separado, parecen proyectos distintos, pero cuando las juntas empiezan a contar una historia diferente.

    Primero apareció Sonhoro Records. Después escuchamos de La Cura Fest. Luego llegó El Coyote del Norte. Más adelante empezamos a verlo relacionado con proyectos deportivos, con torneos de fútbol, con boxeadores y con talento emergente de Sonora. Y mientras más observaba todo eso, más me daba la impresión de que ya no estaba viendo únicamente la carrera de un artista exitoso.

    Lo que estaba viendo era a una persona construyendo plataformas.

    Y para mí ahí está la parte interesante de toda esta conversación.

    Porque talento siempre ha habido en Sonora. Hemos producido boxeadores, beisbolistas, músicos, empresarios y profesionistas durante décadas. Nunca ha sido un problema de talento. El problema casi siempre ha sido otro. Muchas veces nos ha faltado estructura. Nos han faltado escaparates. Nos han faltado plataformas que permitan que más personas aprovechen una oportunidad cuando aparece.

    Por eso me llama tanto la atención lo que está pasando.

    Cuando veo Sonhoro Records no veo solamente una disquera. Veo la posibilidad de que nuevos artistas encuentren una puerta que antes no existía. Cuando veo La Cura Fest no veo únicamente un festival. Veo hoteles llenos, restaurantes abarrotados, vuelos llegando, proveedores haciendo negocio y personas visitando Hermosillo por razones que hace algunos años ni siquiera imaginábamos. Cuando veo El Coyote del Norte tampoco veo solamente tacos. Veo identidad regional convertida en experiencia, y para mi una buena experiencia justifica el costo.

    Y honestamente, cuando lo veo cerca del deporte, tampoco me sorprendería que en algún momento terminara impulsando proyectos mucho más grandes por ese lado.

    Porque si algo tiene Sonora es talento deportivo.

    Ahí está el boxeo.

    Ahí está el béisbol.

    Ahí está el fútbol.

    Ahí están los atletas que todos los días entrenan esperando una oportunidad para dar el siguiente paso.

    Y muchas veces lo único que les falta no es capacidad. Lo único que les falta es visibilidad y una bien pensada inyección de billetes.

    Mientras pensaba en todo esto me acordé de algo que llevo escuchando prácticamente desde que era adolescente. Esa historia que nos cuentan una y otra vez sobre que Sonora tiene una ubicación privilegiada, que tiene frontera, que tiene puertos, que tiene industria, que tiene agricultura, que tiene ganadería y que tiene un montón de ventajas que otros estados simplemente no tienen.

    Y siempre he pensado que tienen razón.

    Porque si uno observa un mapa sin meterse en temas políticos, Sonora está destinado a ser algo muy importante dentro de México. Está demasiado bien ubicado para no serlo. Tiene demasiados recursos para no serlo. Tiene demasiado potencial para quedarse jugando un papel secundario.

    Lo curioso es que durante muchos años parecía que nos faltaba algo.

    Teníamos producción.

    Teníamos industria.

    Teníamos comercio.

    Pero nos faltaba atención.

    Nos faltaba narrativa.

    Nos faltaba que más personas voltearan a ver hacia acá.

    Y creo que eso es justamente lo que está empezando a cambiar.

    Porque durante los últimos meses Hermosillo ha estado viviendo algo que hace algunos años hubiera parecido raro. Tuvimos La Cura Fest. Tuvimos la Expogán. Tuvimos las Fiestas del Pitic. Empiezan a aparecer nuevos eventos de boxeo. Empiezan a surgir proyectos como Noche Suprema. Empiezan a llegar visitantes de otras ciudades, de otros estados e incluso de otros países. Vamos a tener la Serie del Caribe.

    Y cuando juntas todas esas piezas, la sensación es diferente.

    Ya no parece que sean eventos aislados.

    Empieza a parecer que Sonora está aprendiendo a generar atención.

    Y eso vale muchísimo.

    Porque hoy la atención mueve turismo. La atención mueve inversiones. La atención mueve negocios. La atención mueve consumo. La atención mueve oportunidades. Y cuando una región logra combinar producción con atención, las posibilidades de crecimiento cambian por completo.

    Por eso creo que más allá de gustos personales, más allá de si te gusta o no la música de Carín León, vale la pena detenerse un momento y observar lo que está ocurriendo.

    Porque no todos los días aparece un artista sonorense que llega a escenarios internacionales. No todos los días escuchas que un hermosillense tendrá una residencia en Las Vegas. No todos los días ves que el nombre de Hermosillo empieza a aparecer en conversaciones globales relacionadas con entretenimiento.

    Y tampoco todos los días ves que alrededor de ese fenómeno empiezan a surgir festivales, negocios, experiencias, proyectos culturales y oportunidades para más personas.

    Tal vez el verdadero fenómeno no sea musical.

    Tal vez el verdadero fenómeno sea que estamos viendo a Sonora aprender a proyectarse hacia el mundo de una manera distinta.

    Y honestamente, después de tantos años escuchando lo que Sonora podría llegar a ser, me parece mucho más interesante empezar a ver lo que Sonora se está convirtiendo.

    A lo mejor seguiremos discutiendo entre nosotros sobre dogos, comidas o cualquier otra cosa. La verdad es que eso no va a cambiar porque forma parte de nuestra idiosincrasia.

    Pero de vez en cuando también vale la pena reconocer cuando algo bueno está pasando frente a nosotros.

    Y creo que esto es una de esas veces.

    Jalados, pues…


    Acuerdo de patrocinio deportivo representado por un apretón de manos rodeado de elementos deportivos, simbolizando colaboración, visibilidad de marca y generación de valor a través de eventos deportivos locales.

    El valor agregado de ser patrocinador de eventos deportivos locales

    Patrocinar un evento deportivo local no debería verse como “poner un logo” y esperar que la gente lo vea. Esa es la forma más limitada de entenderlo. Cuando una marca entra bien a un evento, se mete en un espacio donde ya existe emoción, comunidad, identidad y conversación.

    Ahí está el valor.

    En un evento deportivo local la gente no llega fría. Llega con familia, amigos, expectativas, rutina de fin de semana, orgullo por su ciudad y ganas de vivir algo distinto. Una marca que aparece en ese contexto tiene una ventaja enorme: no interrumpe, acompaña.

    Y eso cambia todo.

    Porque no es lo mismo ver publicidad mientras uno está scrolleando sin ganas, que encontrarte una marca mientras estás disfrutando una pelea, un partido, una carrera, un torneo o una activación deportiva. El recuerdo se queda pegado a la experiencia.

    Para muchas empresas locales, el patrocinio deportivo es una forma muy potente de decir: “aquí estamos, somos parte de esta comunidad”. No desde el discurso bonito, sino desde la presencia. Desde apoyar algo que la gente sí vive, sí comenta y sí comparte.

    Además, los eventos deportivos generan contenido natural. Fotos, videos, historias, menciones, publicaciones, entrevistas, momentos espontáneos y material que puede seguir trabajando mucho después de que termina el evento. Un buen patrocinio no se acaba cuando se apagan las luces; se extiende en redes, en relaciones públicas, en ventas y en conversaciones.

    También hay algo que muchas marcas subestiman: el networking. En un evento local bien armado se juntan empresarios, proveedores, medios, atletas, promotores, familias, clientes potenciales y tomadores de decisión. Patrocinar no solo te da visibilidad; también te abre puertas.

    El problema es que muchas empresas entran al patrocinio sin estrategia. Compran un espacio, mandan un logo en PNG y creen que ya cumplieron. Luego dicen que “no funcionó”. Pero el patrocinio sí funciona cuando tiene objetivo, narrativa, presencia, activación y seguimiento.

    Una marca puede usar un evento deportivo para presentar un producto, generar base de datos, invitar clientes especiales, crear contenido, premiar consumidores, posicionarse en una categoría o simplemente ganar terreno en la mente de la comunidad.

    El deporte local tiene algo que las grandes campañas muchas veces pierden: cercanía. La gente reconoce las caras, los lugares, los equipos, los atletas y las historias. Cuando una marca apoya eso, se vuelve parte del ecosistema.

    Por eso el verdadero valor agregado de patrocinar eventos deportivos locales está en la combinación de visibilidad, experiencia, comunidad y relación comercial. No es solo aparecer. Es conectar en un momento donde la gente está emocionalmente disponible.

    Y para una marca local, eso vale mucho más que un logo perdido en una lona.

    Si te interesa entrar al mundo de los patrocinios deportivos o ya tienes patrocinios activos y quieres encontrar formas de generarles más valor y aprovechar mejor tu inversión, mándame un WhatsApp al 662 405 8914. Con gusto lo platicamos.

    Jalados, pues…


  • Hermosillo estaba agarrando aire

    Bienvenido a Un Bichi Sin Carne.

    Los lunes suelen llegar pesados. A veces por la chamba, a veces por el gimnasio, a veces por las decisiones que tomamos el fin de semana y a veces nomás porque sí. Por eso esta nueva sección no viene a motivarte ni a cambiarte la vida. Viene a acompañarte un rato mientras agarras vuelo.

    Ponte cómodo. Sírvete un café. O mejor aún, un bichi sin carne.

    Y vamos platicando.


    No sé si te pasó, pero este fin de semana se sintió raro.

    Raro en el buen sentido. Raro de esos que no sabes explicar bien, pero lo sientes. Abrías Instagram, abrías Facebook, te metías a WhatsApp y no estaba pasando nada urgente. No había un concierto gigantesco, no había Palenques, no había una fila de historias de gente en la Expogán ni medio Hermosillo subiendo videos de las Fiestas del Pitic.

    Y creo que por eso se sintió tan extraño.

    Venimos de semanas donde siempre había algo.

    Primero fue La Cura Fest de Carín León. Luego la Expogán. Luego las Fiestas del Pitic. Entre una cosa y otra prácticamente nos aventamos dos meses completos con la ciudad acelerada. Siempre había un plan. Siempre había una invitación. Siempre había alguien organizando una salida. Siempre había una excusa para no quedarse en casa.

    Y de repente llegó este fin de semana.

    Y nada.

    O al menos nada de ese tamaño.

    También puede ser que muchos traigan cruda.

    No necesariamente de alcohol.

    Cruda de cartera.

    Cruda de gasto.

    Cruda de tanta salida.

    Porque sí, fue quincena para muchos, pero también venimos de semanas donde entre boletos, cheve, gasolina, comida, Uber y uno que otro gusto, hubo raza que probablemente ya debía la quincena antes de cobrarla.

    Y mientras pensaba en eso, me cayó el veinte de algo.

    A lo mejor Hermosillo no estaba aburrido.

    A lo mejor Hermosillo simplemente estaba agarrando aire.

    Porque si algo me ha llamado la atención en los últimos años es cómo ha cambiado la ciudad en el tema del entretenimiento.

    Antes teníamos eventos importantes de vez en cuando. Hoy pareciera que vivimos brincando de uno a otro. Y no estoy hablando solamente de conciertos. Estoy hablando de toda una industria que se está empezando a mover alrededor de Sonora.

    Carín León tiene mucho que ver con eso.

    Te puede gustar cómo canta o no.

    Te puede gustar su estilo o no.

    Pero sería absurdo negar el impacto que ha tenido para poner a Sonora en el radar nacional e internacional. Hoy vemos gente venir de otros estados, vemos influencers que viven en Estados Unidos aterrizando por acá, vemos medios hablando de eventos que están pasando en Hermosillo y vemos a más personas volteando a ver a Sonora como un lugar donde pasan cosas.

    Y lo más interesante es que ya no es una sola persona.

    Empiezan a aparecer promotores, empresarios, creadores de contenido, productoras y equipos completos que están empujando para el mismo lado. Cada quien desde su trinchera. Algunos con eventos masivos. Otros con proyectos más pequeños. Pero todos aportando algo para que la ciudad tenga más movimiento.

    Ok, la semana pasada se presentó Noche Suprema, un proyecto que trae detrás a Coliseo Promotions y a Sonhoro Record. Y aunque el evento es hasta agosto, bastó una presentación para volver a mover conversación. Se anunciaron algunas cosas, faltan muchas otras por anunciarse y honestamente pinta bastante bien.

    Y ahí es donde entendí que tal vez estamos viendo algo más grande que una simple temporada de eventos.

    Estamos viendo una transición.

    Porque durante muchos años Sonora fue reconocido por lo que producía.

    • Minería.
    • Ganadería.
    • Agricultura.
    • Industria.
    • Y todo eso sigue siendo fundamental.

    Pero ahora empieza a parecer también un estado que genera experiencias y eso importa más de lo que parece porque donde hay experiencias hay atención y donde hay atención normalmente termina llegando el dinero.

    • Llegan visitantes.
    • Llegan inversiones.
    • Llegan oportunidades.

    Llega movimiento económico para hoteles, restaurantes, transporte, comercios y para muchísima gente que a veces ni siquiera aparece en la foto.

    Por eso me gusta ver esta etapa con optimismo.

    Claro que Sonora tiene problemas. Muchísimos. Como cualquier estado del país. Pero también creo que por primera vez en mucho tiempo estamos empezando a comportarnos más como la región estratégica que siempre debimos ser.

    Por ubicación geográfica, por cercanía con Estados Unidos, por infraestructura, por capacidad productiva y por talento, Sonora está hecho para jugar un papel importante dentro del país. Quizá esta transformación debió empezar hace muchos años. Quizá llegó tarde. Pero más vale tarde que nunca.

    Por eso este fin de semana tan tranquilo me dejó pensando.

    A lo mejor no traíamos cruda regional.

    A lo mejor Hermosillo simplemente estaba tomando aire.

    Y viendo todo lo que viene para los próximos meses, creo que le va a hacer falta.


    Jalados, pues…

  • Destruí los puentes y yo seguía en ellos

    Renunciar suena muy bonito cuando la historia ya salió bien.

    Ahí sí es fácil contar que uno tuvo visión de tiburón, que se atrevió, que quemó los barcos y derrumbo los puentes y que salió al mundo a construir algo mejor. Las redes sociales están llenas de historias donde alguien renuncia un lunes y para el viernes ya tiene una vida perfecta, una empresa creciendo y estabilidad mental absoluta.

    Pero cuando eres una persona más corriente que común, renunciar se siente muy diferente.

    Yo renuncié a un club profesional de futbol de Sonora en el último trimestre de 2025. Ahí duré varios años trabajando, entre tres y cuatro aproximadamente. Y no era cualquier trabajo. Cuando trabajas dentro de un club profesional, aunque estés en el área comercial, emocionalmente también te involucras muchísimo. Hay partidos, patrocinadores, eventos, presión, urgencias, relaciones, llamadas, estrategias, juntas y una dinámica constante que termina formando parte de tu vida.

    Durante mucho tiempo me gustó mucho estar ahí.

    Pero en gran parte de 2025 algo empezó a cambiar.

    No porque todo estuviera mal. Esa es una parte importante de esta historia. A veces uno no renuncia porque odie su trabajo o porque exista una tragedia gigantesca. A veces simplemente empiezas a sentir que ya no encajas igual.

    Yo sentía que ya no podía avanzar ahí. Sentía que por más que intentaba aportar cosas, mis aportaciones ya no terminaban de encajar con la visión de la empresa o con la dinámica de ese preciso momento. No era falta de ganas. No era flojera. No era desinterés. Era una sensación rara de seguir teniendo capacidad, pero sentirte fuera de sincronía con el entorno.

    Y mientras eso pasaba en lo profesional, por fuera mi vida también traía muchísimo ruido.

    Había situaciones personales, emociones, decisiones, responsabilidades y etapas que simplemente no estaba logrando acomodar bien. No necesariamente eran cosas malas. De hecho muchas eran situaciones normales de la vida. El problema era que todo estaba pasando al mismo tiempo y yo mentalmente ya me sentía muy abrumado.

    Era como si intentara sostenerme de muchas cosas al mismo tiempo y ninguna terminara de darme estabilidad.

    Me agarraba de algo y no alcanzaba.
    Me agarraba de otra cosa y tampoco.
    ¿Te suena?

    Y, recuerdo, en medio de todo ese caos hubo una decisión importante que tomé incluso antes de renunciar: meterme al gimnasio.

    Al principio no fue por estética. Fue porque necesitaba estructura. Necesitaba algo que dependiera de mí mientras todo lo demás se sentía desacomodado. Llegar, entrenar, cansarme y repetir.

    Hay una frase que dice:
    “No te preocupes si tienes mil problemas, preocúpate cuando tengas un problema y ese problema sea tu salud.”

    Y la entendí perfectamente.

    Porque mientras tengas salud todavía puedes levantarte, pensar, negociar y volver a intentarlo.

    Entonces el gimnasio empezó como mantenimiento emocional. Y honestamente hoy sigue siendo eso. Aunque también voy a ser sincero: ya entró la vanidad. Porque estoy viendo resultados y me gusta lo que veo en el espejo.

    Y creo que eso también forma parte de reconstruirte.

    Mientras todo esto pasaba, llegó un punto donde me senté y dije:
    “A ver, ¿cómo empiezo a solucionar esto?”

    Y una de las respuestas fue salir de donde había trabajado durante varios años.

    No lo vi como una salida fácil. Lo vi como una manera de intentar recuperar aire. Porque yo ya no me sentía cómodo ahí como me sentía uno o dos años atrás. Además ya empezaban a asomarse algunas posibilidades fuera. Había posibilidades de colaborar en proyectos, ya fuera como empleado o como externo.

    Y cuando vienes de sentirte atorado, ese tipo de oportunidades se sienten enormes.

    Empiezas a pensar:
    “Sí hay mercado.”
    “Sí hay gente interesada.”
    “Sí puedo moverme.”
    “Sí puedo construir algo por fuera.”

    Y sí, sí lo había.

    El problema es que uno cree que las oportunidades se convierten rápido en estabilidad.

    Y no siempre pasa así.

    Al principio todo se sentía muy bien. Las pláticas iban bien. Los acuerdos iban caminando. Las relaciones se estaban formando. La estrategia se veía clara. Aunque todavía no hubiera contratos firmados o pagos aterrizados, yo entendía que los negocios llevan tiempo y proceso.

    Entonces todo parecía ir bien.

    Pero luego los tiempos empezaron a alargarse.

    Y alargarse.

    Y alargarse.

    Empecé a ganar un poquito por acá, un poquito por allá y otro poquito de las comisiones que todavía venían del club. Técnicamente sí había movimiento, pero emocionalmente yo ya empezaba a sentir otra cosa: fragmentación.

    Antes tenía una sola estructura.
    Ahora empezaba a vivir de distintas entradas pequeñas.

    Y ahí entendí algo muy importante:
    una cosa es creerse el más visionario del planeta… y otra muy diferente es generar flujo.

    Porque las cuentas no esperan procesos.
    La vida no espera estrategias.
    La casa no espera a que “ya casi se cierre algo”.

    Y claro que eso empieza a generar tensión.

    No voy a entrar en detalles personales porque también he aprendido algo importante durante este proceso: ustedes van a saber de mí lo que yo quiero que sepan de mí. Hay cosas que se comparten y hay cosas que pertenecen solamente a la vida privada de uno.

    Pero sí puedo decir que cuando el dinero pierde estabilidad, el ambiente de una casa también cambia.

    Después llegó otro golpe importante.

    Una de las relaciones laborales más importantes que estaba construyendo era con ExpoGan Sonora. De hecho, desde mi lado, la relación ya estaba prácticamente cerrada. Había acuerdos, había estrategia, había un plan de trabajo y ya habíamos llegado incluso a un trato de manos.

    Yo ya tenía armado mentalmente cómo iba a trabajar ahí.

    Y una semana o semana y media después recibí un mensaje donde me dijeron que yo no iba a ser la persona con la que se iba a trabajar.

    Así de rápido.

    No hubo una explicación clara. No hubo mucho más que una especie de:
    “Tu sabes como son las cosas en estas empresas.”

    Y sí, me cayó fuertísimo.

    Porque cuando ya tomaste decisiones alrededor de una posibilidad y esa posibilidad desaparece, no se siente como un simple cambio laboral. Se siente como si te abrieran el piso justo cuando estabas intentando levantarte.

    Ahí sí me quedé patinando.

    No lo voy a adornar.

    En la cabeza se sintió.
    En la casa se sintió.
    En el cuerpo se sintió.

    Pero bueno, el sol sale para todos y había que seguir moviéndose.

    Entonces empecé a retomar cosas que había dejado pausadas mientras esperaba que ese proyecto caminara. Una de ellas fue Coliseo Promotions, una promotora de boxeo que me abrió las puertas para ayudar con patrocinios y renta de espacios para vendedores dentro de sus funciones.

    Y ahí empecé otra vez.

    No es algo súper frecuente porque las funciones no son todos los días, pero sí es buena paga y sigue siendo parte importante de lo que hoy estoy construyendo.

    Y poco a poco empecé a entender que no necesitamos solamente “un gran proyecto”.

    Necesitamos flujo.

    Necesitamos entradas de dinero constantes.
    Necesitamos movimiento.
    Necesitamos liquidez.

    Entonces empecé a pensar en algo diferente: construir un sistema de ingresos.

    Porque una función de box puede dejar buen dinero, pero no sucede todas las semanas. Entonces necesitaba otra cosa que generara más rápido y más constante. Ahí fue donde empecé a desarrollar más seriamente el tema de este ecosistema digital de comunicación, si esto que estás leyendo en este momento.

    Desde el momento de mi renuncia armé un newsletter porque entendí algo importante: durante más de 15 años he construido una base de datos empresarial muy sólida. Más de 1,200 contactos de gente económicamente activa, empresarios, marcas, personas de oficina, patrocinadores y relaciones comerciales que se fueron acumulando a lo largo de mi vida profesional.

    Y me pregunté:
    “¿Cómo puedo usar esto de manera inteligente?”

    Entonces empecé a crear contenidos relacionados con mi vida, con mis experiencias y con cosas reales que me están pasando, todo siempre con un enfoque a este nicho. No para inventar personajes ni para aparentar una vida perfecta. Más bien para platicar.

    invierte plata card

    Quiero que alguien esté en su oficina, abra el correo mientras toma café y diga:
    “Ah mira, está curado lo que dijo este vato.”
    “Oye, esto me pasó.”
    “Le voy a mandar esto a un compa.”

    Ese es el tono que quiero.

    Una narrativa muy de compas.
    Muy de peda del fin.
    Muy humana.
    Muy real.

    No quiero inventar nada.

    Y lo más interesante es que el newsletter ha funcionado bastante bien. La tasa de apertura promedio anda alrededor del 22%, que en marketing digital es un número bastante sano. Y eso me hizo entender algo importante:

    La gente sí me está poniendo atención y la atención vale muchísimo.

    Porque una cosa es tener likes vacíos y otra muy diferente es lograr que personas ocupadas abran un correo y te lean.

    En medio de todo este proceso también entendí algo importante: cuando uno entra en crisis empieza a aferrarse a muchas cosas, pero rara vez se acuerda de aferrarse a aquello para lo que realmente es bueno.

    Y ahí fue donde me cayó el veinte.

    Yo soy bueno para comunicar ciertas cosas, sí.
    Pero donde soy realmente bueno es estableciendo relaciones con personas, pero sobre todo… con marcas.

    Eso sé hacer.

    Sé conectar empresas.
    Sé abrir conversaciones.
    Sé encontrar oportunidades comerciales.
    Sé detectar dónde puede existir valor para una marca.
    Sé mover relaciones.

    Y de ahí me estoy agarrando.

    Porque honestamente creo que eso es lo que eventualmente me va a sacar del hoyo.

    Y lo digo así porque tampoco quiero vender la idea de que “ya la armé”. No. Sigo en proceso. Sigo reconstruyéndome. Sigo intentando acomodar piezas. Pero ya entendí por dónde está el camino para mí.

    También han aparecido personas.

    Una de ellas no la veía desde hace más de 20 años y se comunicó conmigo para invitarme a colaborar más adelante en una empresa internacional. Y otra vez, no bajo un esquema tradicional de empleo fijo, sino más relacionado con comisiones, relaciones y negocio.

    Y sinceramente creo que ahí es donde debo estar.

    En las ventas.
    En las relaciones.
    En los acuerdos.
    En distintos proyectos conectados entre sí.

    Porque sí, quizá desde afuera alguien podría decir:
    “Este vato hace de todo.”

    Pero yo no lo veo así.

    El hilo conductor está clarísimo:
    marcas,
    ventas,
    contenido,
    relaciones comerciales,
    patrocinios,
    comunicación y negocio.

    Todo eso puede convivir bajo un mismo ecosistema si sabes ordenarlo.

    Y también quiero dejar algo bien claro, porque no todo este proceso ha sido drama gacho.

    De hecho, en los últimos meses he conocido muchísimas personas con una calidad moral que se lucen. Personas que me han abierto puertas, que me han escuchado, que me han dado oportunidades, que me han dado consejos y que en momentos donde mentalmente uno anda medio perdido, eso vale muchísimo.

    Y se los agradezco de verdad.

    Estoy seguro que algunos van a leer este artículo. Otros quizá no porque ni siquiera los tengo en esta base de datos, pero con gusto se los voy a hacer llegar porque también forman parte de esta etapa.

    A veces uno piensa que los cambios fuertes solamente sirven sacudirnos cosas, pero también sirven para conocer gente distinta. Gente más alineada contigo. Gente con otra energía. Gente que aparece justamente cuando más necesitas empezar a reconstruirte.

    Hoy sigo trabajando en esto.

    Sigo armando el sistema.
    Sigo buscando flujo.
    Sigo construyendo relaciones.
    Sigo desarrollando el blog.
    Sigo intentando ordenar mi vida desde otro lugar.

    Y también sé que necesito ayuda.

    Ayuda de gente que sabe más que yo. Profesionales. Personas preparadas en diferentes temas que puedan ayudarme a salir más rápido de ciertas situaciones y a tomar mejores decisiones.

    Porque nadie sale solo de ciertos hoyos.

    Y mientras voy pasando por todo esto, decidí compartir una parte del proceso.

    No para hacerme el interesante.
    No para vender humo.
    No para aparentar perfección.

    Más bien porque sé que allá afuera hay muchísima gente pasando por algo parecido y no lo dice.

    Gente cansada.
    Gente que ya no encaja donde está.
    Gente que quiere moverse pero le da miedo.
    Gente que trae presión económica.
    Gente que necesita volver a encontrarse.

    Y si algo de lo que escribo les hace clic, qué chingón.

    Tal vez alguien lea esto y diga:
    “¿Sabes qué? Creo que necesito empezar a…”

    O quizá se lo manden a un compa.

    O quizá una esposa diga:
    “Creo que deberíamos sentarnos a hablar de esto.”

    Con eso me doy por bien servido.

    Porque al final esta etapa no se trata solamente de renunciar.

    Se trata de entender los daños colaterales que vienen después.
    Se trata de aceptar que no siempre hay un plan tan sólido como uno cree.
    Se trata de entender que la vida a veces te obliga a reconstruirte mientras sigues caminando.

    Y aquí sigo.

    Gracias por leerme.

    Jalados, pues…

  • Las 3 cualidades de un vendedor top

    Hazme un favor y juega este juego conmigo: brinca directo a la parte que comienza así, “Y la neta, aunque mucha gente no quiera aceptarlo…”, comienza a leer a partir de ahí y luego vuelves al principio. Creo que todo lo demás empieza a agarrar otro sentido.

    La tecnología cambia, las redes cambian, los negocios cambian… pero estas 3 cualidades siguen separando a los buenos vendedores del resto.

    Con el tiempo te das cuenta que mucha gente tiene una idea bien rarita de las ventas. Creen que vender es hablar bonito, aventarse un speech guionizado y robotizado, sonreír todo el tiempo y andar quedando bien. Como aquel vato de tu equipo de ventas (siempre hay uno) que no deja ni respirar porque ya quiere cobrar la comisión antes que cualquier otra cosa.

    Y sí, claro que hay raza que vende así, “despacha así”… pero las ventas que realmente dejan lana, relaciones y oportunidades largas normalmente vienen de otro lado completamente distinto.

    Para mí hay tres cosas que hacen muy cabrón a un vendedor.

    La primera es conocer tu producto.

    Pero conocerlo de verdad, no nomás sabértelo de memoria como exposición de cuarto semestre de la uni. Hablo de entender qué resuelve, cuándo sí funciona, cuándo no, dónde sí vale la pena meterlo y dónde honestamente ni al caso.

    Porque cuando alguien realmente conoce lo que trae entre manos se nota de volada. Habla tranquilo, responde tranquilo y sobre todo no se siente desesperado por convencerte de algo.

    Pero aquí viene el pedo: conocer el producto no sirve de mucho si no conoces al cliente.

    Y ahí entra la segunda habilidad.

    La segunda es conocer a tu cliente.

    Qué necesita, qué le preocupa, qué quiere lograr, cómo se mueve su negocio, qué producto quiere impulsar, qué tipo de presión trae encima y hasta cómo toma decisiones. Porque hay clientes que quieren vender más, otros quieren verse más grandes, otros quieren dejar de batallar, otros simplemente quieren tranquilidad y otros nomás quieren acabarse el presupuesto.

    La mayoría de la raza entra a vender pensando en ellos mismos. En cerrar. En cobrar. En sacar comisión. Los mejores vendedores normalmente entran pensando en entender.

    Y para mí esas dos cosas trabajan juntas todo el tiempo. No puedes separar una de la otra. Porque cuando entiendes bien tu producto y entiendes bien al cliente, ahí es donde empiezas a detectar el verdadero valor que le puedes ofrecer.

    Y ojo aquí, porque detectar el valor no basta. Lo tienes que saber comunicar.

    Porque puedes traer algo muy bueno entre manos, pero si el cliente no alcanza a entender el valor que le estás poniendo enfrente, te va a decir que no. Tal vez bonito, tal vez elegante, tal vez con un “déjamelo reviso”, pero sigue siendo un no, y créeme que para manejar una objeción a esas alturas… mejor, NEXT.

    Y muchas veces no es porque esté caro. Es porque nunca logró percibir el valor.

    Ahí es donde cambia toda la conversación. Porque cuando la gente entiende el valor, deja de verlo como gasto y empieza a verlo como inversión. Ya no piensa nomás en cuánto dinero va a sacar de la bolsa, empieza a pensar en lo que puede ganar, crecer, ahorrar o evitar perder, ya tiene su mente en retornos, o de visibilidad, o de data, o de dinero.

    Y ahí es donde entra la tercera habilidad, una que para mí vale oro y que muy poca gente domina: saber esperar.

    No paciencia. Espera.

    Porque paciencia suena como a sentarte a sufrir y aquí no se trata de eso. Aquí se trata de entender tiempos. Saber cuándo responder, cuándo insistir, cuándo dejar respirar una conversación y cuándo volver a aparecer.

    La mayoría de la raza rompe ventas por desesperación. Quieren contestación inmediata, quieren movimiento diario, quieren sentir que todo avanza rápido, porque si no, sienten que ya perdieron la oportunidad.

    Y por ansiedad terminan presionando cosas que todavía ni siquiera estaban listas.

    Las ventas buenas normalmente se cocinan despacio. Van agarrando forma, van generando confianza y se van amalgamando mientras las dos partes entienden si realmente hace sentido hacer negocio juntos.

    Y muchas veces el que termina cerrando no es el que más habló. Es el que mejor entendió el momento.

    [Sí, por aquí…]Y la neta, aunque mucha gente no quiera aceptarlo, toda la vida termina siendo ventas.

    Claro que existen las ventas profesionales y los negocios, pero también vendes tu imagen todos los días. Vendes quién eres cuando conoces gente, vendes confianza cuando haces amigos, vendes estabilidad cuando estás en pareja, vendes seguridad cuando eres padre o madre de familia, vendes energía cuando llegas a un lugar y hasta vendes actitud cuando decides sacar a alguien de tu vida.

    Todo el tiempo la gente está percibiendo cosas de ti. Todo el tiempo estás comunicando valor… o la ausencia de este.

    Y muchas veces ni siquiera se trata de convencer. Se trata de cómo haces sentir a la gente cuando están cerca de ti.

    Por eso vender no es solamente cerrar negocios. Es aprender a conocer personas y aprender a esperar.


    Las mejores ventas que he visto en mi vida casi siempre empezaron igual: conociendo y esperando.

    Jalados, pues…

Oye Yulai!

Aquí se entrena, se piensa y se ejecuta

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